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La
complicidad de tantos prelados y fieles con el capitalismo más
despiadado, las dictaduras
más inmundas o los nacionalismos más excluyentes no
impiden que culpen
de todo a los que no creen en religión alguna.
FRANCISCO
LAPORTA 04/04/2008
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Empieza
a ser irritante el tono de superioridad moral con que muchos de los
fieles de cualquier confesión o credo y las jerarquías
religiosas que los propagan han dado en mirar a quienes adoptanante
la convivencia civil y la enseñanza una postura agnóstica
y laica. Ahora insisten en ello las autoridades católicas, con
Joseph Ratzinger a la cabeza y los obispos españoles haciendo
de coro repetitivo de sus manidas orientaciones morales. Igual que
los de cualquier otra antigualla religiosa, vuelven los católicos
a la cantinela de que la familiaridad con la ética y las
exigencias de la moral son una prerrogativa de los creyentes de la
que probablemente carecen aquellos que no comulgan con fe religiosa
alguna.
Resulta
asombroso contemplar cómo se ignora la evidencia de que una
parte no menor de los grandes desastres morales de que hemos sido
testigos durante años y años se ha producido en nombre
de creencias religiosas o ha sido provocado y alentado por quienes
decían obedecer tales convicciones. Y no menos sorprendente es
admirar -porque es, en efecto, algo tan paradójico que es casi
admirable- la facilidad con la que esos credos se armonizan con
prácticas políticas y económicas de las que
sabemos con toda certeza que -ésas sí- son la causa del
dolor, la pobreza y el sufrimiento de millones de seres humanos, es
decir, de la gran inmoralidad contemporánea.
La
complicidad de tantos prelados y fieles con la apoteosis del libre
mercado, las dictaduras más inmundas o los nacionalismos más
excluyentes son ejemplos bochornosos de esa paradoja. Y sin embargo
los únicos que parecen responsables, los únicos a
quienes se reputa de inmorales, son los que han renunciado a guiar su
vida o su conciencia civil por creencias de esa naturaleza. Ante tal
argumento perverso me propongo reivindicar la superioridad moral del
laico sobre el creyente.
Con
esta nueva monserga integrista se nos quieren escamotear de nuevo más
de dos siglos de pensamiento. Por poner un nombre: en 1793 empezaba
Kant su prólogo a la primera edición de La religión
dentro de los límites de la mera razón con una
afirmación que, digan lo que digan, es ya incontrovertible:
"La moral no necesita de la idea de otro ser por encima del
hombre para conocer el deber propio ni de otro motivo impulsor que
la ley misma para observarlo". Para decirlo claro: la moral no
necesita de la religión; se basta a sí misma, sin esa
clase de andaderas, porque tiene un sustento suficiente en la
racionalidad humana. Este elemental punto de partida sirve para
definir lo que puede ser la moral de un laico frente a esa otra moral
necesariamente débil y vicaria que es la moral del creyente.
Lo
que triunfa con el impulso ético ilustrado, la tolerancia
religiosa, y la separación Iglesia-Estado, es la idea de la
esencial igualdad moral de los seres humanos al margen de sus
convicciones religiosas; la idea de que no es la religión lo
que confiere su calidad moral a las personas, sino una condición
anterior que no es moralmente lícito ignorar en nombre de
religión alguna y que no debe ceder ante consideraciones de
carácter religioso. Esa igualdad constituye el núcleo
de la ética contemporánea, y con ella también de
toda política justa, porque exige del poder que no haga
distinciones en la estatura moral de sus ciudadanos.
Y
esa idea de dignidad humana que sustenta todo el edificio de la
moralidad laica se funde con la noción de autonomía de
la persona como capacidad de conformar en libertad y a partir de sí
las convicciones morales y los principios que han de presidir el
proyecto personal de su vida. A esto, algún documento
episcopal reciente lo ha llamado "deseo ilusorio y blasfemo"
de dirigir la vida propia y la vida social, mostrando así de
nuevo que, aunque se condimenten ahora con la salsa fría del
libre mercado, ser católico y ser liberal siguen siendo dos
menús incompatibles.
Pues
bien, esa dignidad de ser moralmente autónomo se le confiere a
toda persona humana encondiciones de plena igualdad, de forma que si
es una blasfemia, es la blasfemia que sustenta todo ese pensamiento
ético, y se expresa en ciertas exigencias morales que el
pensamiento religioso, de cualquier clase que sea, dista de haber
asimilado bien. La religión y su sedimento moral han ido
siempre detrás de esas conquistas éticas, y
generalmente en contra de ellas. Incluso la idea de derechos humanos,
corolario directo de ellas, fue negada y perseguida sañudamente
por la jerarquía católica hasta bien entrado el siglo
XX. Nuestros obispos saben que pueden presentarse abundantes textos
papales que tratan a tales derechos de errores morales absolutos. Por
no mencionar algo que pervive aún en casi toda moralidad
religiosa: la posición de la mujer en un plano subalterno que
le niega el acceso a la jerarquía y la gestión del
misterio.
Los
obispos españoles sólo siguen la estela de ciertos
lugares comunes muy cultivados por Joseph Ratzinger, al que no puedo
llamar "pontífice", o hacedor de puentes, porque,
como su antecesor, parece más bien empeñado en destruir
los pocos y débiles que penosamente se habían ido
levantando. En su doctrina moral exhibe una terca insistencia en las
perversiones del "relativismo" como causa próxima de
todos los males contemporáneos. Y a veces equipara
subliminalmente laicismo y relativismo, deslizando con ello la idea
de que una cosa lleva necesariamente a la otra. Pero esto es
sencillamente falso.
La
moral de los laicos puede ser tan firme como cualquiera y tiende
además a ser menos acomodaticia que la moral del creyente. La
ética religiosa que pende de los designios de la divinidad (o
de sus intérpretes terrenales, que parecen aún más
antojadizos) tiene justamente problemas de relativismo que conocemos
al menos desde Platón. Cuando, en diálogo con Eutifrón,
Sócrates le pregunta si lo bueno es querido por los dioses
porque es bueno o es bueno porque es querido por los dioses, el
problema de la moralidad religiosa está servido. Si lo
primero, entonces la voluntad de los dioses no muestra por qué
es bueno; para descubrirlo tendremos que pensar como laicos. Si lo
segundo -es decir, que sea bueno sólo porque así lo
quieran los dioses- condena a la ética religiosa a un
desconsolador relativismo: las cosas serán o no serán
buenas según se les antoje a los dioses. La moralidad será,
pues, relativa a la voluntad de los dioses (o, como sucede de hecho,
a las cambiantes voces de sus supuestos representantes en la tierra).
No cabe por ello en esta ética aquello que define a una
conciencia moral madura: poder alzar la voz ante cualquier dios para
decirle que sus designios son injustos. Sólo una convicción
moral que no sujete sus máximas a los dictados de un "ser
por encima del hombre", es decir, sólo una convicción
moral laica, es capaz de eso.
El
relativismo de la moral religiosa se acentúa, además,
muchas veces al añadirle otros ingredientes todavía más
vacíos y mudables. Las viejas religiones apelan tercamente a
la tradición para sostener la vigencia de sus ideas morales y
justificar la protección pública. Pero cada tradición
justifica una moralidad diferente, y, si hemos de ser consecuentes,
todas ellas serían sólo por ello válidas. ¿No
es esto el núcleo mismo de la ética relativista?
Por
no mencionar algo que no podemos olvidar fácilmente, y menos
en España: que con desdichada frecuencia los creyentes se han
aliado y se alían con ideales nacionalistas y patrioteros, o,
como en el Oriente Próximo, se obcecan con la quimera de un
territorio sagrado como receptáculo de su vida moral como
pueblo. La cantidad de maldad y de sangre que han producido esas
apuestas morales relativistas sustentadas en tradiciones y credos
nacionales no necesita ser recordada entre nosotros.
Frente
a ellas es preciso afirmar la igual dignidad moral de todos los seres
humanos, la perentoriedad del respeto a sus derechos básicos y
la universalidad de sus exigencias ante cualquier ética casera
o fideísta. O, lo que es lo mismo, es preciso vindicar
nuevamente la calidad moral del pensamiento laico.
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