La Orden masónica mixta internacional Le Droit Humain, el Derecho Humano, es una Obediencia masónica de las denominadas liberales. Los signos de identidad que la caracterizan y distinguen del resto, son muy claros y constituyen los pilares sobre los que se asienta: La mixidad; el internacionalismo y la continuidad iniciática.
La mixidad, algo que para nosotros es absolutamente natural e incuestionable, todavía es hoy inamovible en algunas obediencias, otras la han resuelto con esa extraña, para nosotros, fórmula de mantener talleres masculinos, femeninos o mixtos, y en otras es meta de algunos de sus miembros pero no de todos y por tanto, punto de conflicto.
La continuidad de la escala iniciática de nuestra Orden, es el resultado de los enormes esfuerzos que realizó nuestro también fundador Georges Martin, quien entendió que sólo aunando en una misma estructura la organización y coordinación de todos los talleres y proporcionando una escala iniciática sin fisuras, se evitarían una gran cantidad de serios problemas que se debían a esa separación entre los talleres azules y los Altos Grados. Se cambiaba así también la concepción de los altos grados en evitación, en gran parte, de que los metales de las ambiciones humanas contaminaran el trabajo sagrado.
Finalmente, el Internacionalismo, es el tercer basamento de nuestro quehacer. Cuando en mayo de 1893 Georges Martin depositó en la prefectura de La Seine el texto de la Constitución de lo que entonces fue la Gran Logia Simbólica Escocesa de Francia Le Droit Humain, no se contemplaba más que la creación de logias en Francia.
Sin embargo, muy pronto, en 1896, se crea la primera logia en Suiza. En ese mismo año, se adopta y publica la Constitución que ya contempla novedades. El internacionalismo ya aparece en el título porque en tan breve espacio de tiempo, el Derecho Humano ya había adquirido una importante dimensión más allá de las fronteras francesas que era su ámbito de actuación inicial.
Será en 1901 cuando todos los talleres creados ya en varios países como Suiza, Gran Bretaña, India, Estados Unidos, Países Bajos, o Italia… se ubiquen bajo la autoridad de un Supremo Consejo Internacional que se reunirá en Paris y que designará un representante en cada país que, no sólo asegure la aplicación de la Constitución y los Reglamentos, base común a todos los miembros, sino que sea la correa de transmisión iniciática y administrativa de doble dirección que promueva el sentimiento de pertenencia a algo de mucha más envergadura que la que pueden dar los localismos o nacionalismos y que no es otra cosa que el internacionalismo.
No será hasta agosto de 1920 cuando se concrete una aspiración que se venía fraguando desde 1911 pero que finalmente la guerra había impedido realizar: la celebración del primer Convento Internacional de la Orden que coincidió con la inauguración de la que hoy todavía es sede principal en París. En él se estableció la nueva redacción de la Constitución en donde quedaron fijados los principios de igualdad de sexos, tolerancia y libre pensamiento. Este libre pensamiento es el que sustenta el internacionalismo en todos los aspectos, pero que sobre todo se concreta en la tolerancia y aceptación de creencias diversas bajo el manto de una verdadera laicidad respetuosa, lo que supone la libertad de los talleres de trabajar al Progreso de la Humanidad o a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo, entendido éste sin ningún tipo de connotación más allá de su reconocimiento como símbolo tradicional de la masonería.
Todos sabemos, por vivido, lo que supone el sentimiento inmediato de confianza que surge entre los HH:. que acabamos de conocernos, como nos ocurre cuando, acabamos de conocernos entre hermanos y recién hechas las presentaciones, establecemos con toda naturalidad el nexo de fraternidad.
Los que hemos tenido la suerte de participar en algún Convento Internacional, sabemos de qué hablamos cuando nos referimos al internacionalismo de nuestra Orden y que va mucho más allá de lo que acabamos de expresar. Es en estos Conventos donde el internacionalismo tiene su mayor y más contundente expresión. Reunir a más de 500 hermanos y hermanas que vienen de más de 50 países diferentes, hablando multitud de lenguas, practicando culturas que pueden llegar a estar en las antípodas las unas de las otras y perteneciendo a estructuras sociales y económicas absolutamente distintas y distantes como lo es el primer mundo del de los países en vías de conseguirlo; reunirnos todos y que sea más importante lo que nos une que lo que nos separa; sentir que la diversidad es nuestra fuerza y no nuestra debilidad; lograr que nuestro espíritu sea uno celebrando nuestro rito; que la cadena de unión lleve nuestra fuerza más allá de cualquier frontera mental o física; en fin, sentir que el amor que nos une es nuestra herramienta común para lograr que la alegría reine en nuestros corazones y así seamos capaces de dar y propagar la paz allá donde estemos, no sólo entre nosotros mismos, sino en nuestros muy diversos mundos particulares; todo esto, no es sino la demostración del enorme poder que tenemos y que nos da precisamente el internacionalismo de la Orden para llevar a cabo nuestro trabajo de construcción del templo de la humanidad, en donde también todas las personas deben caber y donde, como en la cadena de unión, todos los eslabones son necesarios para conformarla.
Hay algo que no debemos olvidar nunca, y es que la fuerza que da el internacionalismo a nuestra meta y trabajo común, es mayor que cualquier disensión que pueda haber por la enorme diversidad que nos caracteriza.





