Desde sus comienzos, la Francmasonería ha sido calificada de “sociedad secreta” cuando en realidad no lo es. Somos una asociación registrada con estatutos aprobados y públicos. Como decimos, somos discretos pero no secretos. En diversas ocasiones, cuando el poder establecido ha querido condenarla y reprimirla éste era el motivo que servía de acusación. En nuestro país eso sucedió con el régimen de Franco, en Francia con el gobierno de Vichy y, en general, con todos los regímenes totalitarios.Por ello, en la actualidad ciertos francmasones prefieren ser discretos sobre su condición de tales ya que los intolerantes de cualquier cuño siempre han hecho daño a los masones o a sus seres queridos.
Por lo mismo, cada masón puede darse a conocer como tal, pero no puede desvelar esta condición de ningún otro hermano o hermana. Subraya su condición de sociedad discreta que rituales y símbolos que decoran sus templos son bien conocidos a través de numerosas publicaciones, más o menos documentadas, más o menos objetivas, pero disponibles para todo el mundo en las librerías y en este mismo medio.
No hay secreto, lo que hay es una experiencia personal, irrepetible e inexpresable que configura el ritmo iniciático de cada masón. La Francmasonería proporciona los utensilios y símbolos del templo, pero la obra de perfección que cada uno construye es una tarea personal y secreta que se desarrolla en el interior de los templos masónicos. Se trata de pulir la piedra bruta que somos cada uno de nosotros. Por ello un francmasón sólo se puede hacer en el taller.




